Nacionalsocialismo

viernes, 19 de diciembre de 2008

¿Quién fue Juana Rosa Militz?


Juana Rosa Militz nació en un poblado cercano a Valdivia en 1912, falleciendo su madre a los pocos días. Su padre, un jornalero, desapareció sin dejar rastro entregándola en adopción a unos campesinos alemanes que le pusieron su apellido, Militz.

Su infancia estuvo plena de dificultades, ya que un incendio y las malas cosechas obligaron a sus padres adoptivos a buscar otros y mejores horizontes y trasladarse a diferentes pueblos y ciudades. De todas maneras, se preocuparon en todo momento de su instrucción, lo que le permitió gozar más tarde de una amplia cultura general y dedicarse a labores de enfermería. Además también aprendió el Castellano y el Alemán a la perfección.

En 1929, el matrimonio Militz volvió a Alemania, gracias a una herencia, llevando consigo a Juana Rosa. Se radicaron en Radwitz, en Prusia Oriental, en una pequeña granja, donde en un comienzo todo pareció marchar perfectamente. Se ocuparon de la producción y reparto de leche. Incluso hasta antes de su muerte Juana Rosa aun recordaba con nostalgia la ardua labor que dicho trabajo representaba, sobre todo el traslado en carreta hasta la ciudad y la venta de leche y queso.

La crisis mundial económica, sin embargo, también se hizo sentir en Radwitz y nuevamente para la familia Militz sobrevino la miseria, vendieron hasta lo último que les fue quedando y emigraron al oeste. Juana sumo así un nuevo golpe ya que un accidente la dejo definitivamente huérfana y entregada a su suerte, debiendo muchas veces pernoctar al aire libre y sobrevivir gracias a instituciones de caridad. Pero su empuje le permitió conseguir un empleo como enfermera en un pequeño hospital donde se destacó pronto por su gran capacidad.

En 1932 con la llegada del Nacionalsocialismo ingreso al partido, pasando a formar parte de una formación auxiliar que empleaba voluntarios para ayudar a los campesinos ("Volkswohlfahrt").

Durante la guerra Juana Rosa estuvo luchando junto a tropas alemanas en pleno Ártico contra los rusos a cargo de un hospital de campaña. Fue secretaria de Comunicaciones en la central de la Luftwaffe y Miembro de la Cruz Roja, además de muchas otras actividades que realizara incansablemente y con una voluntad grandiosa.

El final de la guerra la encontró entre una compañía en una caverna del frente en Noruega, en medio de heridos y prisioneros. La orden de suspender la hostilidades llego hasta su oficial superior solamente un mes después del 8 de mayo, originándose una extraña caravana que logró llegar hasta Suecia.

Quiero dejar constancia que las cartas manuscritas y también a veces a máquina, ayudan enormemente a comprender hechos históricos, conocer la mentalidad y actuación real de diversos personajes en medio de divertidas y serias situaciones en las que supo participar Juana Rosa Militz.

Por mi parte basta con explicar que tuve contacto con esta extraordinaria mujer por intermedio de un amigo argentino quien la conoció en uno de los hogares de ancianos de Múnich.

A pesar de su enfermedad a finales de su vida por medio del Cda. Franz Pfeiffer logró poner por escrito sus recuerdos y finalmente, con breves correcciones aprobó el presente documento que presentamos.

[editar] "Así llegué hasta Adolf Hitler"
"Te he contado que durante toda mi vida he salido de cuanto apuro me he encontrado gracias a cierto tipo de don especial una mezcla de simpatía espontánea que muchos sienten al tratar conmigo y esa tozudez que me caracteriza que quizás ya hayas comprobado en mi correspondencia. Parece que desconcierto pues parezco siempre de muy buen estado de ánimo y humor a pesar de lo azaroso de mi vida. Por otra parte, esto parece conservarme joven, algo que siempre comentan otras personas de mi edad; no te olvides mi querido y respetado Cda. Pfeiffer que, a veces, suelo coger la bicicleta de un vecino y partir riendo en ella por las calles del pueblecito una viejecita de 76 años...”

Bien, esa forma de ser creo que fue determinante aquel día en que, tras haber probado por varias semanas en las mas distintas oficinas e instancias mi suerte, decidí que "hoy" hablaría con el Führer y nadie podría impedírmelo. Salvo él mismo, por supuesto.

Era muy temprano. Me coloqué mi mejor uniforme partidario, repasé mi aspecto general. Hablando con vecinos y el portero, ensayé expresiones faciales, etc. Por fin, cogí una cartera que completé de documentos y, sin pensarlo más, hice parar un taxi, anunciando con voz autoritaria: Zur Reichskanzlei! (A la cancillería del Reich!)

El pobre conductor prefirió no hacer comentarios, limitándose a conducir raudamente hasta que, bastante pronto, nos detuvimos efectivamente en la calle Hermann Goering. Enfrente vivía el Ministro de Propaganda, Dr. Joseph Goebbels y un poco más allá, Joachim von Ribbentrop, de Relaciones Exteriores, de manera que pude ver gran cantidad de guardias uniformados y hasta deleitarme con los acordes de himnos y pequeños desfiles habituales de cambios de guardia. Eran apenas las nueve de la mañana, pero el ajetreo de ordenanzas y el arribo de automóviles oficiales o particulares era intenso; ello mostraba que la holgazanería que los Militz viésemos años atrás en un viaje desde Prusia, era desconocida en el Berlín nacionalsocialista.

Pero no me di tiempo para observar el panorama más detenidamente, pagué al taxista y corrí por la escalinata, al fondo de la cual sabía yo que estaba la entrada oficial a la Cancillería. Me faltó un poca la respiración y apenas logré sonreír, al ser cogida de un brazo por un ágil joven de uniforme negro, que me levanto en vilo, antes de que pudiera avanzar o también caerme de bruces.

Medía unos dos metros. "Es capaz de poner fuera de combate a un toro, con un solo puñetazo". Me dije. Es que necesito alcanzarle, balbuceé finalmente. Se me olvidaron algunos documentos. Pues el señor subsecretario ya entró hace cinco minutos y es muy tarde para usted. Comentó él, como lamentándose de mi mala suerte. De todas maneras, hizo una seña a un ayudante, tan imponente y agradable como él, indicándole me llevara adentro. Por supuesto que había una confusión. Al recurrir yo a la primera disculpa que se me había venido a la cabeza, no tenía idea alguna de quién había llegado antes que yo, pero, mi mentalidad práctica me obligó a hacer uso de esta coincidencia de inmediato. Se trata de algo muy urgente para mí y está en directa relación con el Führer ... dije, en forma suplicante, rogando a todos los dioses no tener que mentir otra vez. Esa, parece, la ultima moda por aquí. Todos los días sucede algo inesperado. En fin, veamos si te puedo ayudar camarada de partido. Venga, los de recepción no son agradables, ya les haremos entender. Un hombre de civil, gordito y bajo, de amplios bigotes, me solicitó mis documentos anotando cuidadosamente todos los detalles, luego con visible cuidado, echo un vistazo a mi cartera, fijó sus ojos en mi y asintió. No alcance a darle las gracias cuando un joven oficial Pardo, muy elegante, me indico:

Vamos por este pasillo. Es como un atajo, mas largo quizás pero con menos complicaciones. Meissner acaba de salir de su oficina por unos momentos, de manera que no notara que usted llegó tarde a la conferencia. En realidad...

Me inspiraba tanta confianza, que quise decirte toda la verdad.

¡Quizás sea una idiota mas, pero he venido porque deseo ver al Führer! -logré decir, por fin. Naturalmente. Todo el mundo quiere ver hoy al Führer. Así de simple. No me diga que también trae alguno de esos planes extraordinarios con que se nos vuelven locos... rió fuertemente. ¿Qué tal si mejor volvemos a la ventanilla adecuada y usted solicita una audiencia como debe ser?

Acaba usted de confiarme que hay millones que quieren ver y hablar con el Führer ... No quisiera estar en el pellejo de los funcionarios encargados de las solicitudes. No, yo quiero verlo hoy.

Ante mi pose determinante, optó por el humor.

Muy bien si usted se compromete a cenar hoy conmigo, entonces veré que podemos hacer. Claro que no puedo asegurar nada.

Prometido. Y dejo el restaurante a su elección.

Sus profundos ojos azules me resultaban definitivamente como de los de una persona honesta y simpática.

Es un acuerdo solemnte. A las ocho en el Kurfuerstendamm. Venga, puede que tengamos éxito, ya que conozco a Adolf Hitler hace mucho tiempo, soy antiguo miembro del partido. Fíjese bien, caminaremos discretamente hasta donde están aquellos SS, es una de las antesalas de la oficina del Canciller mismo. En el momento que se abra esa puerta, tenemos que encontramos matemáticamente a un par de pasos de distancia; no nos apresuremos ni nos detengamos. Esté lista para saltar, si es necesario. Espere unos segundos.

Se acercó hacia uno de los guardias, a quien mi nuevo amigo palmoteo la espalda y quien, cuadrado como una estatua, no dejó de sonreír.

Todo sucedió en forma inesperada. La alta puerta se abrió de pronto, todos adoptaron la posición firmes y surgió un pequeño civil, un mozo de librea y dos o tres militares de uniforme extranjero tras ellos distinguí nada menos que a Rudolf Hess y entonces... a Adolf Hitler, que se despedía de un diplomático, que mantenía su sombrero de copa en la mano izquierda, con evidentes deseos de deshacerse de el. Mi amigo se hizo a un lado, procurando, de todas maneras, mantenerse lo más cerca posible de la puerta mientras me hacía un impaciente guiño de alerta.

El Führer permaneció por un breve instante en el umbral y ahí tuve la gran oportunidad. Fue cosa de segundos. El pareció comprender la situación, seguramente no era la primera vez.

Al darse vuelta la comitiva, alejándose, miró fijamente a mi guía pardo y esperó. Luego dirigió su vista hacia mí, sus ojos parecieron penetrarme y luego hizo algo como un mohín de aprobación.

Vestía su tradicional uniforme del partido, aunque me di cuenta de inmediato que no llevaba botas; su figura era imponente, elegante su rostro, bastante más fino y expresivo que el de las fotos de siempre, irradiaba una inusitada tranquilidad y parecía sentirse muy a gusto. Sin duda, la reciente entrevista había sido agradable. Por fin exclamó:

Hola, Lingmann, usted siempre con estas sorpresas. ¡No me venga con cosas, quiero saber qué desea esta simpática y joven dama!

Quise levantar el brazo y hacer el saludo reglamentario, pero al mismo tiempo pensé en una venia y la inclinación característica aprendida en la sección femenina del NSDAP. No llegué a nada, pues el canciller me extendía la mano y se empujaba suavemente al interior de la imponente sala, sin tomar en cuenta mis entrecortadas explicaciones.

El recinto era enorme. Al fondo divisé un imponente escritorio, todo tipo de sillones, un exquisito mobiliario y un gran retrato del Rey Federico II, el Grande. No había grandes lujos pero se destacaba el buen gusto, el orden artístico, iluminado todavía por la tenue luz del sol que entraba a través de los grandes ventanales. Eso me hizo recordar que era todavía bastante temprano y que el Führer estaba acostumbrado a un horario muy especial.

No sé como me encontré, súbitamente, sentada frente a él. Sentía un escalofrío inusitado y los nervios me jugaban una mala pasada por primera vez en mi vida.

Muy bien, dijo lentamente. ¿Qué es lo que tiene en mente?

Parecía divertirse mucho con la situación. Mientras los ayudantes el mismo Lingmann habían desaparecido, sin que yo me percatara.

Mi Führer, he querido conocerle personalmente. Reconozco que soy una chiflada al interrumpir su trabajo en una forma como esta.

Nada de eso, mi joven amiga, nada es más grato para mí que poder despejar mi mente por algunos minutos con alguien honesto. Supiera usted toda la cháchara de formalidades que he de soportar todo el día y parte de la misma noche, asuntos que no conducen a nada. En usted veo esa vitalidad y audacia que ya se quisieran unos cuantos que me rodean. ¿Pero usted no es propiamente alemana, verdad?

Le informe lo más brevemente que pude sobre mi origen.

Chile. Me dijo. Ajá, ese largo país en Sudamérica. El año pasado enviaron una delegación que me impresionó mucho. Algo hay de semejante en el carácter. Si no me equivoco, incluso hay allá un Movimiento Nacionalsocialista muy importante.

Sí, aunque, por supuesto, tiene una larga lucha por delante y también ha corrido la sangre en enfrentamientos con los "rojos".

Desgraciadamente, es el precio que hay que pagar. Nuestra doctrina no es fácil de entender, teniendo en cuenta la increíble influencia de la Prensa. Los judíos distorsionan todo, mienten de tal manera, que los ciudadanos son incapaces de creer que se le engaña todos los días.

Si en el Reich el público se enterara de las imbecilidades que se dicen de usted y las cosas que ha llevado a cabo, la gente se moriría de risa.

Al mirar hacia un ventanal Hitler exclamó:

Aunque no lo crea aquí mismo todavía tenemos que convencer a muchos compatriotas. ¡Ah, si nuestro Ministerio de Propaganda dispusiera de los medios en gran cantidad! Pero estamos limitados. Nuestros films, nuestras grabaciones, incluso las musicales son superiores en técnicas y calidad pero no llegan a todas partes. Si hoy yo digo que tal cosa es blanca mañana los judíos en Nueva York afirmaran que dije precisamente lo contrario. Naturalmente que usted debe conocer los trucos que se pueden emplear. Es que nuestros partidarios, a veces, son demasiados honestos y están abocados a desmentir únicamente.

Eso nos pone siempre a la defensiva y muy poco atacamos. Es una falla del pueblo alemán. Carece, de esa picardía necesaria. Como la tienen los franceses y nuestros amigos italianos, por ejemplo.

El Führer se había puesto serio, parecía como si discutiera consigo mismo y se hiciera críticas. De pronto, lanzó una carcajada, que procuró aminorar. Luego exclamó:

¡Ahora andan diciendo que los Nacionalsocialistas queremos matar a todos aquellos que no son altos, rubios, de ojos azules, etc!. Medio mundo lo cree. Nadie piensa que entonces tendríamos que liquidar a Himmler, al Dr. Goebbels, al Duce, al Emperador de Japón y unos cuantos aliados y amigos íntimos, para reemplazarlos por el Rey de Inglaterra o el mismo loco de Roosevelt. Sven Medin, ese genial explorador sueco me dijo que eso se había inventado precisamente durante una fiesta diplomática en Londres.

Pero, quizás tomamos muy a la ligera esa propaganda y quizás encontremos unos cuantos buenos columnistas de nuestros cine que sepan hacer algo al respecto. Me han dicho que en Baviera hay últimamente algunos. En fin, es nuestro defecto. Es lo que sucedía antes de nuestra llegada al poder.

Ahora, claro, es fácil decir que simplemente nos demoramos doce años hasta que los electores entendieron, nuestros principios nos llevaron al triunfo, que había simplemente que ganar elección tras elección. Se olvidan de todas las trampas y sucios ataques que tuvimos que soportar, de los desastres, que también existieron. Traiciones inesperadas, sabotaje en las filas propias. En realidad, estamos hoy en esta magnífica posición sólo por nuestra firmeza, nuestro aguante. Hubo grandes hombres que un buen día lanzaron todo por la borda, aburridos por la incomprensión.

Pero, me interesa saber un poco de ustedes.

Muchas veces son las mujeres las que interpretan el verdadero sentir de la Nación. Aunque parezca lo contrario, siempre son más rebeldes. Y desconfiadas. Es natural, para la mujer primero esta la estabilidad de su hogar, el progreso de sus hijos. No sabe usted lo difícil que fue en los primeros años que ingresaran a nuestras filas las mujeres.

Los más decididos SA tenían en sus casas a los más enconados enemigos. Eso ha cambiado radicalmente, mi Führer.

Por supuesto. Es que hemos cumplido. Hemos terminado con la pobreza, nuestras mujeres también pueden gozar de sus vacaciones, ser madre es un honor y no un problema económico, como antes. Y todo se basa en algo tan sencillo como el de restablecer el viejo orden natural: El hombre a sus funciones y la mujer a las suyas. Así lo practica en África el clan más primitivo, pero en nuestro tan alabado mundo occidental, las doctrinas disolventes se encargan de hacer creer que debe de hacerse lo contrario. Si se empieza por considerar a la persona por su dinero o poder que tiene, en vez de sus dotes personales, entonces ponemos el mundo de cabeza, nadie puede asombrase luego si los resultados son el caos.

De cuando en cuando enfatizaba su pensamiento con rápidos movimientos de manos sin apartar la vista de mí como si esperara alguna reacción especial quizás hasta una contradicción. Quienes han afirmado que Adolf Hitler solía levantarse bruscamente, caminar a lo largo de la habitación y alzar la voz inusitadamente mienten en forma deliberada o se refieren a alguna circunstancia especial, en que cualquiera puede alterarse por motivos normales.

Se había inclinado hacia atrás y volvía a sonreír.

Y bueno, aquí tenemos a una muchachita que se cuela sin más ni menos hasta mi oficina privada, simplemente porque desea verme de cerca. Atravieza la guardia, desdeña a los graves señores que yo mismo estaba despidiendo en la puerta. Jajaja, verá los comentarios que hará a su presidente ese caballero del sombrero de copa. Me voy a permitir algo.

Cogió uno de los teléfonos y dijo: ¡Fotógrafo de prensa!

Al instante se abrió una puerta lateral y, a toda prisa, ingresó un fotógrafo uniformado, junto a mi amigo Linemann.

Disparó el flash varias veces.

Llévesela inmediatamente a Hoffmann y al Völkischer Beobachter. Lectura : “EL FUHRER SE INFORMA PERSONALMENTE SOBRE LOS AVANCES E IDEAS DE LA JUVENTUD FEMENINA”.

¡A su orden! Contesto el fotógrafo.

Volvió a sentarse tranquilamente, mientras yo ya no cabía en mi: Eso significaba que al día siguiente figuraría en primera plana en los periódicos. Menudo asombro para todos mis amigos y camaradas.

Prosigamos, hoy es un día espléndido. Solamente cosas rutinarias en el Ministerio de Agricultura, y con los campesinos no tengo problema alguno. Los entiendo muy bien. La mayoría de mis primeros partidarios eran campesinos. No temían represalias de los judíos, pues no necesitaban créditos ni prestamos. Si alguna máquina fallaba siempre disponían de sus manos, si se enfermaba un animal, recurrían al veterinario más próximo, al que pagaban bien. ¿Ve usted? Era el trabajo y la capacidad lo determinante, no el banco ni los prestamistas. ¿Ha tenido usted una experiencia campestre?

Mucha, mi Führer.

Le conté acerca de Chile, luego de nuestra granja.

-Entonces usted habrá podido ver cómo procuraron arruinar toda nuestra economía, los bellacos. Crearon cesantía artificial para aumentar el número de proletarios en las ciudades, consiguiendo así unir millones de buenos alemanes al servicio del Bolchevismo. ¿Sabe Usted que Thalmann, el jefe Comunista, tenía lista un alzamiento y yo ya entonces figuraba como primero en la nómina de los que debían ser fusilados? Ahora está a buen recaudo en un campo. Hermann Goering se encargó de él. Me dice que debe ganarse honestamente el sustento.

Entonces lo interrumpí, aunque ya había escuchado que tal actitud le molestaba pues le impedía llevar hasta el final su idea. Pero noté que no tuvo ninguna reacción de contrariedad, quizás algo de extrañeza.

Mi Führer la prensa extranjera y uno que otro ciudadano aquí mismo comentan que los campos son horribles prisiones y que se castiga duramente.

Lo sé, desde luego que no se trata de una colonia de vacaciones, pero el trato es muy humanitario y el trabajo es pagado, cada cierto tiempo dejamos en libertad a muchos, que bajo el régimen anterior se hubieran consumido en la cárcel.

Acá nosotros no tenemos ahora calabozos con barrotes de piedras, sino que amplias barracas al estilo militar. Los internos, de acuerdo con su trabajo, reciben, como dije, un salario, de manera que puedan alimentar a sus familias. Fíjese: En tres años solamente siete individuos han reincidido en delitos comunes, del total de diez mil que pusimos en libertad. Eso sí: hemos adoptado un sistema especial. Quien cumpla con su pena, queda totalmente libre, su pasado se olvida y se les considera otra vez como ciudadano, con todos los derechos inherentes. ¿Y qué muestran esos paladines de la democracia? Acaso no llevan a la silla eléctrica o a las cámaras de gases cada semana a un par de gangsters? ¿Donde están sus grandes reformas? Es cierto, en Munich se condenó a muerte hace dos meses a un individuo. Pero ahora pocos recuerdan que había asesinado a nueve personas y existía un real pánico. Con gente así no podemos ser blandos, por supuesto, el proceso fue corto y rápido.

Durante unas instantes permaneció en silencio. Parecía sentirse herido, tocado injustamente; pero; bien pronto retornó su actitud alegre.

Dígame una cosa: ¿Cómo ve usted el desarrollo de nuestros niños? ¿Reciben una educación adecuada?

-Creo que esta generación va a ser la mejor de todos los tiempos mi Führer.

Durante los juegos Olímpicos pude observar como los extranjeros se maravillaban con el compartamiento de los niños; su cortesía, su verdadero entusiasmos por asistir a la escuela, por ejemplo.

Debimos repartir muchísimos folletos explicativos, pues los desconfiados imaginaban simplemente una acertada organización propagandística. Por suerte, nuestra difusión fue exitosa y acertada.

Pero: ¿aprenden lo que realmente necesitan, y no simplemente esa cháchara a la que yo hago alusión en mi libro? He sostenido, que es inútil llenar las cabezas con teorías o conocimientos sin aplicación. ¿Ha cambiado eso? Los textos de estudio demuestran qué no sólo es facíl aprender cosas útiles, sino que tambien en forma amena. El cambio de mentalidad es muy natural en muchachos y muchachas.

Intervine, por supuesto, el hecho de que ya no hay diferencias socio–económicas. Este comentario satisfizo a Adolf Hitler más que cualquier otra de mis intervenciones.

Si, cada cual recibe la enseñanza y con todas ventajas que podamos conseguir. Entonces se destaca aquel alumno por sus reales condiciones innatas. Es uno de los mayores logros del Nacionalsocialismo, el de haber logrado unir al pueblo en tomo a un ideal común, desterrado todas esas rivalidades que surgían por influencias extrañas. Nuestras Jóvenes, por ejemplo hoy no se pintan ni maquillan, ni se disfrazan según la famosa "moda". ¡Y es tan bello observarlas en su aspecto natural!

Cuántas divisas se dilapidaban antes únicamente en la importación de pastas y menjunjes inútiles!

Basta con comparar las revistas norteamericanas con las nuestras. Por allá las mujeres parecen usar mascaras y llegan a los sacrificios para vestirse en forma por lo demás incómoda. Ahora no hablemos de sus diversiones: música estridente, ajena a toda cultura definida. ¡Y no paparan allí! Infectaran a todos los pueblos de sana tradición, en el aspecto cultural. Nuestros enemigos quieren la idiotez masiva, de manera que nadie piense por su cuenta. Nosotros sabemos el daño que la moderna Sicología judía puede inyectar.

Entonces súbitamente se puso te pie se levantó graciosamente del mullido sillón. Era el fin de la entrevista. Para mí había trascurrido una eternidad o apenas cinco minutos, no lo sabía. Sin darme cuenta, me había instalado como si estuviera de visita en casa de viejos conocidos. Poco a poco, había vuelto a mi tranquilidad habitual. El pareció buscar algo, miró sobre una pequeña mesa, pero descartó enseguida alguna idea.

Me hubiera gustado darle algo como recuerdo, me dijo, pero supongo que esas cosas (señaló unas cajitas relucientes) no son aptas para usted. Se trata de encendedores y cigarreras; una genial idea de Joseph Goebbels: Así no necesitamos cada vez inventar alguna nueva medalla recordatoria. Como yo no fumo, a veces ni siquiera me acuerdo y es posible que hayas ofendido a algún diplomático por no darle más. En fin, Meissner siempre sabe de esos detalles y los arregla.

Tras pulsar un botón, me acompaño lentamente hasta la gran puerta.

Mi querida amiga. Ha sido un gran placer. Ya Lingmann se comunicará con usted. Ahora tengo que volver a mi trabajo, dijo suavemente, con un apretón de manos, que me hizo olvidar otra vez todo el protocolo que debía haber observado.

Entonces mi amigo del uniforme pardo, con amplia sonrisa, se plantó ante mí y yo apenas alcancé a ver como el Führer desaparecía.

Me sentí aturdida. Noté enseguida las miradas de los curiosos.

Vi incluso personal femenina, reconocí a la señora Gensie, de la oficina del Mariscal Goering. Caminé muy erguida, silenciosa y lenta, por el corredor, mientras mil ideas y reproches me roncaban la cabeza. ¿Por qué ni siquiera le di las gracias? En tal instante. ¿Por qué no fui capaz de alargar el tema? ¿Qué impresión podría haberle causado yo? En fin, lo que nunca hubiera imaginado, aun conservo fresca en mi memoria toda la conversación y juraría que he puesto por escrito en perfecto orden todo lo hablado hace ya tantísimos años.

¿Qué será de esos gallardos oficiales? ¿Quedará algo en pie del restaurante, donde por la noche, celebré con todas mis amistades? ¿Cuántas tragedias no sumó años más tarde ese mismo barrio?

Ahora que estoy anciana, la nostalgia me invade muy a menudo.

No me faltaron en mi vida las experiencias de toda índole, penosas y alegres, pero ninguna fue de la magnitud de la de aquella mañana en la Cancillería.

Todo ha pasado, todo se ha ido, tu mismo ya no eres tan joven mi querido Cda. Pfeiffer, pero seguramente alcanzarás a tomar parte en ese futuro que veo tan próximo, desde que las señales de un resurgimiento masivo del Nacionalsocialismo hicieran sonar el tambor, llamando otra vez al combate".

fuentes:Revista ELBRUZ Nº 8, Publicación de Historia, Tradición y Cultura, por Juan Pablo Herrera